Catálogo Literario
🫙Cuentos Surrealistas & Realismo Mágico

El Coleccionista de Silencios

Un catálogo minucioso de las ausencias de sonido que definen la vida humana

5 min de lectura~1290 palabras
Cita del Relato

El ruido es vulgar y se regala en cada esquina; el silencio auténtico es una joya que solo florece en la quietud del alma.

I. La Botica del Callejón de los Murmullos

Don Silvestre tenía las manos pálidas de los botánicos y el oído finísimo de los afinadores de arpas. Su tienda, encajada entre una sombrerería en quiebra y un taller de encuadernación, no ostentaba rótulo alguno en la fachada. Solo un escaparate con campanas de cristal de diferentes tamaños, iluminadas por el resplandor oblicuo de las farolas de gas.

Cualquier viandante despistado habría jurado que los recipientes estaban vacíos. Pero quien tuviese la paciencia de pegar la oreja al vidrio templado podía percibir texturas acústicas inconfundibles.

—El mundo contemporáneo padece de indigestión sonora —solía decir don Silvestre mientras limpiaba una pipeta de cristal con una gamuza de ante—. La gente compra analgésicos para la cabeza, pero lo que sus tímpanos suplican es una cucharada de silencio puro de montaña.

II. La Clasificación Botánica del Silencio

En las estanterías de caoba, don Silvestre mantenía un catálogo riguroso clasificado por familias y grados de densidad:

  • Silentium Nivalis (Silencio de la Primera Nevada): Atrapado en los bosques de coníferas durante las madrugadas de diciembre. Es un silencio algodonoso, levemente frío al paladar, capaz de amortiguar los pensamientos intrusivos y provocar un sopor placentero.
  • Silentium Bibliothecae (Silencio de Biblioteca Antigua): Un silencio denso con notas de papel envejecido, cuero y polvo dorado flotando en rayos de sol. Ideal para estudiantes que preparan exámenes o filósofos con bloqueo creativo.
  • Silentium Amantium (Silencio de Enamorados): Una variedad delicadísima y escasa, cosechada en los instantes en que dos personas se miran a los ojos y comprenden que no hace falta decir nada más. Es un silencio tibio, que huele a jazmín nocturno.
  • Silentium Culpae (Silencio del Arrepentimiento): Muy pesado y oscuro, con tendencia a condensarse en el fondo del frasco como una brea brillante. Don Silvestre solo lo vendía con receta médica a jueces y verdugos retirados.

III. La Clientela Extraordinaria

Una tarde de viernes se presentó en el local un director de orquesta de renombre internacional. Estaba pálido, con ojeras profundas y las sienes crispadas por el estrés de una sinfonía inconclusa.

—Maestro Silvestre —suplicó el músico apoyando los puños sobre el mostrador—. En mi partitura hay un compás de espera de cuatro tiempos en el tercer movimiento. He probado todos los silencios convencionales, pero la orquesta suena hueca, no transmite la inmensidad del abismo.

Don Silvestre sonrió con benevolencia. Subió por una escalerilla corredera hasta el estante superior de la trastienda y bajó un frasco diminuto de cristal de Murano, protegido por tres capas de terciopelo azul.

Silentium Stelaris —susurró el anciano—. Recolectado en el desierto de Atacama en una noche sin luna ni viento, a cuatro mil metros de altitud. No lo abra hasta el ensayo general. Bastará con destaparlo durante medio segundo sobre la batuta.

El director pagó con un billete arrugado y salió presuroso. Tres semanas después, la crítica del periódico proclamó que el tercer movimiento de la sinfonía había logrado detener la respiración de dos mil espectadores en el Teatro Real.

IV. El Frasco Prohibido

En el centro del taller, bajo una cúpula de plomo sellada con catorce candados, reposaba el único ejemplar que don Silvestre se negaba a tasar.

Era el Silencio del Principio del Mundo, aquel que reinaba sobre las aguas primordiales antes de que el primer trueno desgarrara la noche cósmica.

—¿Por qué no lo vende, don Silvestre? —le pregunté un día mientras compartíamos un té de azahar.

El anciano miró la cúpula con reverencia y respondió en un suspiro:

—Porque si ese frasco se rompiera aquí dentro, muchacho, la ciudad entera olvidaría cómo hablar. Y en este mundo de parlanchines, nada asusta más al ser humano que escuchar el eco de su propia verdad.

Fin de la Lectura

¿Has terminado de leer El Coleccionista de Silencios? Marca esta obra para llevar el recuento en tu biblioteca personal.

¿Has disfrutado de la lectura? Si te gusta este contenido libre e independiente, puedes invitar a un café al creador para apoyar nuevos relatos.

☕ Invitar a un café