I. La Herencia del Silencio
El testamento de mi tío Abner era tan escueto como su propia vida: «A mi sobrino Julián lego la Casa de los Siete Clarines y cuanto contenga, con una sola advertencia inexorable: jamás des cuerda al reloj del tragaluz norte antes de que las sombras hayan devorado el jardín.»
Llegué a la finca en una tarde de octubre en que la llovizna parecía disolver el horizonte en ceniza líquida. La mansión, levantada en piedra arenisca y carcomida por una hiedra negra, no era un hogar; era una gigantesca caja de resonancia. En cuanto giré la pesada llave de hierro en la cerradura principal, el aire me golpeó con un rumor continuo y metálico. Tic, tac. Tic, tac. Doscientos setenta y cuatro relojes de pared, de mesa y de péndulo vibraban al unísono, sincronizados con una precisión matemática casi demencial.
Durante los tres primeros días intenté catalogar la colección. Mi tío había sido el maestro relojero más célebre de la provincia, pero en sus últimos años el pueblo murmuraba que había dejado de arreglar mecanismos para empezar a dialogar con ellos.
II. El Engranaje Discordante
Fue en la medianoche del cuarto día cuando advertí la anomalía. Caminaba por el pasillo del desván, alumbrado por una palmatoria de bronce, cuando el pulso uniforme de los péndulos se quebró. Había un chasquido sordo, una cadencia sincopada que no pertenecía a ninguno de los relojes inventariados.
Seguí el sonido hasta el rincón septentrional del ático, donde varias estanterías de roble bloqueaban un rincón umbrío. Tras desplazar una hilera de tomos encuadernados en vitela, hallé una pequeña puerta empanelada. Dentro, en una cavidad estrecha como un confesionario, se alzaba un reloj de pie de más de dos metros de altura, tallado en ébano negro con figuras de querubines ciegos y fauces devorando astros.
La esfera no tenía doce números, sino trece.
Y lo más perturbador: el péndulo no oscilaba de izquierda a derecha. Giraba en un movimiento cónico espiral, y las manecillas de filigrana dorada no avanzaban; retrocedían con una lentitud hipnótica.
III. La Voz en el Resorte
«Once... diez... nueve...», no era un pensamiento mío. La voz parecía emanar del propio cajón de resonancia de la madera, una vibración tan grave que me hacía temblar los dientes.
Sobre la cornisa del mueble encontré el diario secreto de Abner. Sus páginas finales estaban manchadas de tinta frenética:
«El tiempo de los hombres es una ilusión de avance. Creemos que caminamos hacia el futuro, pero solo estamos consumiendo la distancia que nos separa de lo que aguarda al final. Este reloj no mide minutos: mide la proximidad del huésped. Cada vuelta hacia atrás acorta la distancia física entre este desván y la Nada.»
Quise inmovilizar el péndulo con la mano temblorosa. Extendí los dedos hacia la portezuela de cristal. Pero al tocarla, sentí que el cristal estaba ardiendo de frío, como un bloque de hielo seco. Y a través del reflejo en el cristal empañado, vi claramente que no estaba solo en la buhardilla.
Detrás de mí, recortada contra el haz de luna que entraba por el tragaluz, una figura alta y sin rostro, envuelta en ropajes de terciopelo húmedo, esperaba pacientemente a que la última manecilla tocara el número trece.
IV. El Último Tic-Tac
No intenté huir. Hay momentos en que el terror se transmuta en una lucidez paralizante. Comprendí por qué mi tío nunca abandonó la mansión: no estaba cautivo; era el custodio del umbral.
Ahora la manecilla se encuentra a escasos milímetros del vértice superior. Los doscientos setenta y cuatro relojes de la casa han comenzado a detenerse, uno a uno, sofocados por un silencio espeso como brea.
Solo queda el susurro del ébano. Y la puerta del desván acaba de abrirse sola.