I. El encargo de las aguas negras
Venecia en noviembre es un cadáver embalsamado con salitre y neblina. El taller de Leone Bellini, encajado entre dos palacetes carcomidos del sestiere de Cannaregio, olía perpetuamente a trementina, grasa de ballena y estaño derretido. Leone tenía las yemas de los dedos marcadas por cincuenta años de muescas de destornillador y mordeduras de alicates; presumía de que no existía en Europa un mecanismo de relojería que no le confesara su lógica tras diez minutos de inspección.
Hasta la medianoche en que dos gondoleros embozados descargaron en su muelle cuatro baúles de roble anegados de lodo negro.
Junto a los baúles venía una carta firmada por un tal Conde Alvise Morosini —un nombre que las enciclopedias daban por extinguido hacía siglo y medio— y una bolsa de táleros de plata cuyo peso bastaba para comprar media calle. La encomienda era precisa: restaurar la compañía del Teatro San Fantin antes de la última luna de invierno.
Cuando Leone forzó los herrajes del primer cofre, un vaho gélido, impregnado de incienso rancio y algas podridas, llenó el taller. En el interior yacía una bailarina de porcelana y latón. Su rostro tenía la perfección helada de las máscaras de carnaval, pero en la hendidura de sus labios entreabiertos no asomaban levas ni lengüetas de cobre: asomaba un hilo de cabello humano, trenzado meticulosamente alrededor de una pequeña caja de resonancia tallada en hueso de ternera.
II. El rumor en la caja torácica
Al desembalar las otras tres figuras, Leone sintió que profanaba un panteón familiar. Había un arlequín jorobado con dedos de ébano articulados con tendones secos; un violinista con peluca empolvada cuyos ojos de cristal seguían el movimiento de la lámpara de aceite; y una dama de gorguera de encaje cuyos engranajes pectorales estaban soldados con una cera rojiza que no se ablandaba con el soplete.
«Los autómatas ordinarios imitan el movimiento del hombre para entretener a los príncipes. Estos fueron concebidos para otra cosa: para retener el último aliento de aquellos que morían sin haber tenido tiempo de pedir perdón.»
Leone se negó a creer las supersticiones. Desmontó la espalda del violinista con escariadores de precisión. Esperaba encontrar el clásico cilindro de púas, el carillón y el tambor de escape inventado por los maestros de Núremberg. En su lugar, el interior del pecho albergaba un laberinto concéntrico de laminillas de plata tan finas que vibraban con la simple pulsación del aire al respirar cerca de ellas.
Cuando Leone sopló sobre los fuelles para retirar el polvo sedimentado, el violinista emitió un quejido. No era el chirrido metálico de una rueda dentada: era un estertor gutural, húmedo, como si alguien hubiera intentado pronunciar una vocal a través de una garganta anegada en agua salada.
Esa noche, Bellini no durmió. Desde la planta baja, donde los cuatro autómatas descansaban sobre las mesas de trabajo, subía un rumor constante. Un tictac descompasado, similar a cuatro corazones con arritmia intentando sincronizarse bajo las tablas del suelo.
III. La función para un único espectador
Durante la tercera semana, la obsesión devoró el raciocinio del viejo artesano. Dejó de encender el fuego, descuidó el pan y las verduras que le traía el barquero, y pasaba dieciséis horas diarias ajustando las articulaciones de la bailarina. Cuando pulió la clavícula de marfil, descubrió una inscripción diminuta en dialecto veneciano arcaico: «Chi mi ascolta, mi dà la vita; chi mi tocca, mi cede la sua» («Quien me escucha me da la vida; quien me toca me cede la suya»).
Fue el viernes anterior a la luna menguante cuando ocurrió el milagro o la condena.
Leone había terminado de engrasar el hombro del arlequín. Exhausto, se sentó en su butaca de cuero con una copa de aguardiente. La marea alta golpeaba los escalones de piedra del canal exterior. De pronto, sin que nadie hubiera accionado la llave maestra del cofre central, el violinista levantó su brazo derecho. El arco de crin rozó las cuerdas de tripa seca.
Una melodía lúgubre, en tono menor, invadió el taller. No era música de baile; era un responso fúnebre de una belleza tan descarnada que a Leone se le escaparon las lágrimas sin saber por qué.
Entonces la dama de la gorguera se puso en pie. Sus junturas crujieron con la cadencia de una rodilla reumática. Dio tres pasos vacilantes hacia la butaca de Leone, abrió su mandíbula de porcelana esmaltada y, con una voz que el anciano reconoció con espanto como la de su difunta hermana Francesca —fallecida de peste en aquel mismo cuarto cuarenta años atrás—, susurró:
—Leone... las cuerdas están flojas. Danos de tu aire, Leone, que el fondo de la laguna es muy frío.
IV. La pieza que faltaba en el mecanismo
El anciano intentó incorporarse, pero sus piernas se sentían tan pesadas como si estuvieran rellenas de lingotes de plomo. La bailarina se aproximó por el costado izquierdo, moviendo sus brazos en una arabesca hipnótica. Sus ojos esmaltados, que durante semanas habían permanecido fijos, ahora parpadeaban al compás de la respiración de Leone.
Comprendió entonces el secreto del taller del Conde Morosini: aquellos no eran autómatas que imitaban la vida; eran recipientes vacíos, celdas mecánicas diseñadas para absorber el espíritu y la memoria del incauto que pretendiera devolverles el movimiento. Cuanta más vida entregaba el artesano a pulir sus piezas, menos aliento quedaba en su propio pecho.
Leone no gritó. Una extraña calma, parecida a la que precede al ahogamiento en las lagunas profundas, se apoderó de sus facultades. Vio sus propias manos apoyadas sobre los brazos de la butaca: las uñas comenzaban a tornarse de un tono amarillento, duro como el hueso pulido; la piel del dorso perdía las venas para adquirir la tersura uniforme de la porcelana de Meissen.
A la mañana siguiente, los dos gondoleros embozados regresaron al taller con la pleamar de las siete.
El taller estaba en silencio sepulcral. Sobre las mesas de trabajo ya no había cuatro autómatas, sino cinco. El quinto era una figura anciana, sentada en una butaca de terciopelo verde, con un delantal de cuero manchado de óxido y una llave de latón asomando discretamente entre los omóplatos.
Cuando uno de los barqueros rozó con el remo la espalda de la nueva marioneta, los párpados de Leone Bellini se abrieron con un chasquido metálico impecable, y sus labios esmaltados sonrieron al vacío con la eterna servidumbre de los que ya no tienen que temer a la muerte.