Catálogo Literario
🏰Fantasía Oscura & Leyenda

La Ciudad Tallada en Hueso

Bajo la cordillera blanca yace la capital de un dios caído que nunca terminó de morir.

M. Thorne 8 min de lectura~1700 palabras
Cita del Relato

“Ningún hombre que camine bajo el arco de una costilla divina recuerda su casa con la misma inocencia.”

I. El paso de las vértebras heladas

Para cuando los últimos tres exploradores de la expedición Real de Alabastro alcanzaron el desfiladero de Ymir, los trineos se habían quebrado y los perros habían sido sacrificados para alimentar el fuego de grasa. El cartógrafo Branislav arrastraba los pies con las botas congeladas a los tobillos, guiado únicamente por el brillo violáceo que teñía las nubes perpetuas de la tundra.

Los mapas antiguos llamaban a aquel abismo El Sepulcro del Primero. La leyenda decía que antes de que existieran los hombres o los reyes de la espada, un gigante de luz y marfil cayó derrotado desde los cielos estelares y se estrelló contra el lomo del mundo. Los siglos cubrieron su carne con glaciares, pero el armazón de su esqueleto fue demasiado duro para el hielo.

Cuando Branislav coronó el último promontorio de granito negro, el aire abandonó sus pulmones.

Frente a él se abría un cañón de cinco leguas de ancho, abovedado por un arco colosal tras otro: las veinticuatro costillas derechas del titán, curvadas hacia el cielo gris como las arcadas góticas de una catedral infinita. Y dentro de aquella bóveda de marfil fosilizado no había nieve desierta: ardían miles de linternas de aceite violeta.

Puentes colgantes unían vértebra con vértebra; murallas con aspilleras de hueso labrado cerraban los accesos entre los omóplatos; y en el centro, donde debió latir el corazón de la criatura, se alzaban las agujas afiladas de Ossuaria, la ciudad que jamás había conocido la piedra ni el ladrillo.

II. Los monjes del tuétano negro

Los recibieron en la Puerta del Fémur una cofradía de hombres y mujeres cubiertos con túnicas de cuero blanco curtido con grasa de foca. Ninguno portaba armas de hierro; empuñaban lanzas y dagas esculpidas con astillas translúcidas tan afiladas que partían un cabello en el aire.

El prior de la orden, un anciano llamado Malaquías cuyos ojos carecían de iris visible, ofreció a los forasteros un cuenco de caldo tibio y salado.

—Bebed de la savia del Fundador —dijo el anciano con una voz que sonaba a dos losas rozándose en la penumbra—. Quien comparte la sal de su médula queda libre del frío y de las deudas del sur.

«La piedra de los castillos humanos se agrieta con la helada y se desmorona en polvo cuando pasan tres reinados. Pero este hueso fue templado en el nacimiento de las estrellas; cada arco que veis conserva el recuerdo de cuando sostenía el peso del firmamento.»

Branislav comió con avidez, pero su compañero, el alquimista Korneil, examinaba las paredes de la estancia con lupa de aumentos. No había juntas de mortero. Las viviendas estaban vaciadas directamente en el tejido trabecular del hueso divino; los pasillos seguían los antiguos canales de Havers por donde en eras remotas corrió la sangre de un dios.

Y lo más perturbador: al apoyar la oreja contra la superficie pulida de la pared, no se oía el silencio inerte de la roca. Se percibía una vibración sorda, profunda y continua, como el ronquido de una fragua sepultada a mil metros bajo tierra.

III. El sueño que sacudió los contrafuertes

Al caer la noche polar, Ossuaria no se apagó. Las linternas de aceite de médula despedían un humo dulce con aroma a incienso y mirra ancestral. Branislav salió al balcón de la hospedería, suspendido sobre el foso pélvico de la ciudadela. Abajo, el río Glacialis serpenteaba por entre los dedos fósiles de la mano izquierda del titán, convertidos en espolones de defensa contra las bestias de la nieve.

Malaquías se situó a su lado, con las manos ocultas en las amplias mangas de su hábito.

—Vuestros reyes del sur creen que el Fundador murió —murmuró el prior mirando las estrellas—. Vinieron hace trescientos años con picos y pólvora, intentando arrancar sus molares para venderlos como joyas en las cortes de ultramar. Ninguno regresó al mar.

—¿Por qué? —preguntó Branislav, sintiendo que un escalofrío ajeno a la temperatura le recorría la espina dorsal.

—Porque el Fundador no está muerto, forastero. Está exhausto. Una criatura que nació antes del tiempo no puede cesar de existir por la simple estocada de un rayo. Cayó aquí para descansar durante una era. Y nosotros no somos sus amos ni sus invasores; somos los parásitos benévolos que limpian su piel para que no despierte antes de hora.

En ese instante, un crujido monumental estremeció la ciudad entera.

No fue un terremoto de placas tectónicas. La torre mayor de Ossuaria —erigida sobre el esternón del titán— osciló diez grados hacia el este y luego regresó a su posición con un gemido elástico de cal y fósforo. En el extremo norte del valle, la inmensa cuenca ocular del cráneo, medio enterrada en el glaciar, brilló durante tres segundos con un fuego azul tan intenso que las sombras de los hombres se proyectaron nítidas sobre la nieve hasta tres leguas de distancia.

El gigante había cambiado de postura en su letargo.

IV. El juramento de cal y escarcha

Korneil quiso huir al amanecer. Recogió sus cuadernos de notas y sus retortas de alquimia, aterrorizado por la posibilidad de que el monstruo decidiera incorporarse y sacudirse de la espalda a los cuarenta mil habitantes de la metrópoli como quien se sacude una plaga de hormigas en verano.

Pero cuando intentó cruzar el puente de la duodécima costilla, descubrió que la entrada se había cerrado: el hueso vivo, alimentado por el calor de las chimeneas y los cánticos de los monjes, se había ensanchado cuatro pulgadas durante la noche, sellando las fisuras con una callosidad blanquecina infranqueable.

Malaquías aguardaba junto a los exploradores con tres cuchillos de marfil en una bandeja de plata.

—Nadie sale de Ossuaria con ojos que hayan visto el parpadeo del Primer Dios —dijo el prior sin enojo, con la serena resignación de una ley cósmica—. Podéis morir en el hielo intentando escalar las vértebras dorsales, o podéis quedaros a tallar los sillares del templo que levantaremos cuando exhale su próximo aliento.

Branislav miró hacia atrás. Vio las torres de marfil recortadas contra las auroras boreales, los puentes que desafiaban la gravedad de la tierra, la paz solemne de un pueblo que no temía a las guerras del mundo exterior porque vivía dentro de la osamenta del ser que había creado el mundo.

Tomó el cuchillo de hueso. Hizo una incisión limpia en la palma de su mano derecha y dejó que tres gotas de su sangre cayeran sobre la moldura del arco donde descansaba.

El hueso absorbió la sangre al instante, tornándose de un suave tono rosado antes de sellarse para siempre. Branislav arrojó sus mapas vacíos al abismo: comprendió que en un mundo condenado a pudrirse, sólo dentro del dios dormido había refugio seguro.

✨

Fin de la Lectura

¿Has terminado de leer La Ciudad Tallada en Hueso? Marca esta obra para llevar el recuento en tu biblioteca personal.

☕ ¿Has disfrutado de la lectura? Si te gusta este contenido libre e independiente, puedes invitar a un café al creador para apoyar nuevos relatos.

☕ Invitar a un café➜