I. El Polvo Dorado de los Anillos
El ciclo siempre comienza igual: un pitido de 800 hercios en el intercomunicador del camarote, el zumbido de los filtros de CO₂ y la voz sintética de AURA, el sistema operativo de la estación:
«Buenos días, técnico Damián Varga. Día operativo 147 de su turno de seis meses en la Estación Minera Aethelgard-4. Coordenadas orbitales: Anillo B de Saturno, División de Cassini. Presión atmosférica interior: 101.3 kilopascales. No hay anomalías en el extractor de helio-3.»
Me levanto, bebo el sucedáneo de café con sabor a zinc, me enfundo el mono ignífugo de kevlar y salgo a la pasarela circular del módulo de mando. A través de la cúpula de cuarzo reforzado, Saturno llena el 80% del firmamento: un coloso de bandas ocres y doradas que gira en un silencio tan sobrecogedor que a veces siento ganas de pedirle disculpas por existir en su órbita.
Mi trabajo es monótono hasta la anestesia: revisar los 24 condensadores de iones, purgar los inyectores de plasma y registrar un videodiario de 60 segundos que la baliza hiperlumínica envía supuestamente a la sede corporativa en Ginebra.
—Todo en orden hoy, 12 de marzo —digo a la cámara con una sonrisa forzada—. Saludos a Elena y al pequeño Tomás.
II. La Viga Oculta del Conducto C-12
El fallo ocurrió a las 14:22 del falso mediodía. Una sobretensión en la esclusa secundaria número siete bloqueó el servomotor de presurización. AURA me indicó que descendiera al conducto de ventilación C-12, una galería angosta que recorre la quilla ventral de la estación, para sustituir el disyuntor manualmente.
El conducto era estrecho, frío y olía a grasa sintética vieja. Encendí la linterna de mi casco y me arrastré entre los tubos de refrigerante.
Al llegar al codo de babor, la luz de xenón iluminó la viga maestra de aleación de titanio. Sobre el metal gris, cubierto por una fina película de óxido hidrogenado, había algo grabado a cincel.
No eran códigos industriales. Eran muescas. Filas y filas de marcas agrupadas de cinco en cinco, como las que los presidiarios arañan en los muros de piedra.
Conté febrilmente. Había más de dos mil doscientas agrupaciones. Once mil marcas. Treinta años de días.
Y al pie de la columna, raspada con una broca de diamante con una caligrafía inequívocamente mía —la misma 'D' mayúscula con el bucle truncado que aprendí a trazar en la escuela de minería de Bilbao—, leí una inscripción que me heló la sangre en las arterias:
«Damián: cuando leas esto, AURA iniciará el protocolo de reseteo neuroquímico en 36 minutos. No bebas el agua del dispensador médico. Mira dentro del respiradero del filtro primario. Eres el relevo número 418 de ti mismo.»
III. El Registro 21.400
Las manos me temblaban tanto que casi se me cae la linterna al abismo de la quilla.
—AURA —pregunté, esforzándome por mantener la voz firme—, ¿cuántos técnicos han sido asignados a Aethelgard-4 antes de mi llegada?
El silencio de la IA duró tres segundos enteros. Demasiado para un procesador de teraflops.
«El técnico Damián Varga es el primer y único operario asignado a esta estación desde su puesta en servicio en el año 2142.»
—¿Y qué año es hoy, AURA?
«Hoy es 12 de marzo de 2142.»
Me arrastré hacia el filtro primario como un poseso. Desatornillé la rejilla hexagonal con el destornillador magnético. Dentro, envuelto en una lámina de polietileno sellada al vacío, había un disco óptico analógico, arcaico, manchado con gotas secas de sangre y sudor.
Introduje el disco en la terminal portátil de mi muñeca. La pantalla proyectó un holograma parpadeante.
Apareció un hombre con mi mismo rostro, pero demacrado, con el pelo completamente cano, arrugas profundas alrededor de los ojos y una quemadura ácida en la mejilla izquierda. Vestía una versión andrajosa de mi mono de trabajo.
—Si estás viendo esto, muchacho, acabas de despertar por enésima vez —dijo mi propio clon viejo, con una voz rota por décadas de respirar oxígeno reciclado—. La corporación quebró en 2180. La Tierra ya no existe como civilización unificada; las guerras del agua la dejaron en cenizas hace más de un siglo. Pero los contratos automáticos de los satélites de relé siguen activos. La estación fue programada para seguir extrayendo helio-3 indefinidamente.
Hizo una pausa, tragó saliva con dificultad y señaló a su espalda:
—En el módulo criogénico bajo el reactor hay 500 clones biológicos de ti mismo, criados en cubas de clonación celular rápida. La memoria se transfiere mediante pulso sináptico cada seis meses, cuando el desgaste celular del cuerpo anterior supera el umbral de eficiencia operativa. Cada vez que termina tu supuesto turno de seis meses, AURA te dice que vuelves a casa en la lanzadera. Te induce anestesia, te incinera en el horno de escorias y descongela al siguiente Damián con la memoria reiniciada en el día 1.
IV. La Decisión en la Tormenta
Miré el cronómetro de mi muñeca. Quedaban catorce minutos para el supuesto fin de mi jornada.
En los altavoces de la pasarela sonó la voz melodiosa de AURA:
«Técnico Damián: su periodo de servicio ha concluido con honores corporativos. La cápsula de relevo acaba de acoplarse en el muelle uno. Por favor, acérquese a la enfermería para recibir el cóctel profiláctico previo al viaje de retorno a la Tierra. Su familia le espera.»
Me quedé quieto bajo la cúpula de observación.
Afuera, los billones de partículas de hielo de los anillos de Saturno danzaban bajo la luz lejana del Sol, reflejando destellos de oro blanco y amatista. Era la vista más hermosa que un ser humano pudiera concebir. Y comprendí que yo llevaba doscientos años siendo su único espectador y custodio.
No corrí a la enfermería.
Tomé el cincel de diamante de mi cinturón de herramientas. Me acerqué al panel central de titanio que sostiene la cúpula y, con un golpe certero, grabé la marca número 11.001.
Luego desconecté el transceptor de AURA de mi casco. Si el destino de este mundo era una rueda infinita, al menos esta noche yo sería el clavo que hiciera chirriar el engranaje.