Catálogo Literario
🪞Terror Psicológico & Gótico

La Sombra en el Espejo de Obsidiana

Un cristal negro que no refleja la luz, sino lo que callas cuando estás a solas

7 min de lectura~1550 palabras
Cita del Relato

“El azogue devuelve la vanidad de la carne; la obsidiana reclama la verdad del espíritu.”

I. El Lote de la Calle Celetná

En los sótanos húmedos de Praga Vieja, donde los adoquines rezuman el moho de tres dinastías, el comercio de antigüedades es menos un oficio que una forma de nigromancia. Llevaba veintidós inviernos al frente de La Urna de Cera, catalogando candelabros de la peste y misales carcomidos, cuando el albacea del conde Von Stauffer me ofreció el lote sin abrir.

—No hay inventario, señor Havel —dijo el letrado, frotándose las solapas empapadas por la cellisca de noviembre—. La familia solo exige que el cofre de palisandro salga del palacete antes del alba. Hay objetos cuya posesión perturba la respiración de los herederos.

Entre plumas de cisne fosilizadas y astrolabios descalibrados, hallé el espejo. Era una losa ovalada de obsidiana volcánica de casi un metro de alto, encastrada en un marco de bronce labrado con catorce rostros sin labios que parecían morderse las orejas mutuamente. La piedra carecía de azogue o plata; era un corte de basalto mesoamericano tan perfectamente pulido que el negro absoluto de su superficie absorbía los rayos de mi palmatoria de latón como un pozo sin fondo.

Al apoyar los dedos sobre su centro, sentí una vibración gélida, una corriente eléctrica sorda que me erizó el vello de los antebrazos. Me miré. Mi rostro devolvía una silueta grisácea, borrosa, como la de un ahogado visto a través de una capa de hielo de río.

II. La Superficie sin Fondo

Coloqué la pieza en la pared norte de mi gabinete de restauración. Durante la primera semana, el espejo permaneció inerte, presidiendo la penumbra con el mutismo solemne de un monolito. Sin embargo, los relojes de cuerda del taller comenzaron a retrasar dos minutos exactos cada noche.

El 18 de noviembre, mientras transcribía una factura a la lumbre de tres velas, sentí que una mirada clavaba su peso en mi nuca. Giré la cabeza: el taller estaba en silencio; por los ventanucos emplomados entraba la neblina sulfurosa del Moldava.

Volví los ojos al espejo.

Mi reflejo en la obsidiana estaba sentado ante el escritorio, exactamente en mi misma postura. Pero sus manos no sostenían la pluma. Descansaban planas sobre el tablero, con los nudillos blancos por la tensión. Y cuando levanté mi brazo derecho para comprobar la ilusión óptica, el reflejo no se movió.

Permaneció inmóvil. Clavó en mis pupilas unos ojos de carbón que brillaban con un fulgor de hambre antigua. Luego, con una lentitud viscosa, como quien se despereza tras un sueño de siglos, ladeó la cabeza tres grados hacia la derecha.

III. La Discordancia del Parpadeo

No grité. El pánico genuino congela las cuerdas vocales antes de alcanzar el corazón. Retrocedí dos pasos; el suelo de roble crujió bajo mis botas.

En el espejo, mi doble no retrocedió. Se puso de pie.

Su figura era idéntica a la mía: mi levita de paño deshilachada, mi calvicie incipiente, la cicatriz pálida que divide mi ceja izquierda desde la infancia. Pero su boca se curvó en una mueca que jamás había dibujado en mi rostro: una sonrisa de triunfo paciente, la de quien contempla la presa tras el vidrio de una trampa infalible.

Apoyó las palmas de sus manos contra la cara interior de la obsidiana. Pude escuchar el chasquido real, sólido, del cristal negro cediendo bajo la presión de sus dedos desde adentro. El marco de bronce gimió. Los catorce rostros labrados abrieron los párpados en un espasmo metálico.

—¿Cuánto tiempo crees que puedes sostener la vigilia, Josef? —susurró una voz que no vibró en el aire, sino en la médula de mis huesos—. La carne se fatiga, los párpados caen. Cuando cierres los ojos esta noche, el cristal dejará de ser una frontera.

Cubrí el espejo con una manta de lana gruesa y la até con tres cuerdas de cáñamo bendecidas en la iglesia de San Nicolás. Pasé la noche en vela, con la escopeta de caza cruzada sobre las rodillas, oyendo cómo las uñas del otro arañaban el reverso de la tela como ratas apresadas en un baúl.

IV. El Intercambio Ineludible

Son las cuatro de la madrugada. La vela principal acaba de ahogarse en su propio sebo.

He comprendido la naturaleza del espejo. No es un portal hacia el más allá, ni una ilusión óptica de mi cerebro fatigado. Es un intercambio de densidades. Con cada minuto que pasa frente a la obsidiana, mi cuerpo se vuelve más translúcido; la piel de mis manos palidece y las venas parecen disolverse en ceniza. En cambio, bajo la manta, la silueta del que espera se hace cada vez más pesada, más nítida, más sólida.

La manta acaba de caer al suelo. No hubo viento.

El espejo está descubierto. En el reflejo, Josef Havel —el Josef libre, el Josef que ahora respira aire húmedo y viste mi reloj de bolsillo— sonríe mientras me contempla desde el otro lado del cristal.

Y yo... yo ya no siento el frío del taller. Solo siento el roce del vidrio negro aplastándome el pecho mientras intento recordar cómo se pronuncia mi propio nombre.

✨

Fin de la Lectura

¿Has terminado de leer La Sombra en el Espejo de Obsidiana? Marca esta obra para llevar el recuento en tu biblioteca personal.

☕ ¿Has disfrutado de la lectura? Si te gusta este contenido libre e independiente, puedes invitar a un café al creador para apoyar nuevos relatos.

☕ Invitar a un café➜